La guarida del cacique Gonzalo N. Santos: Rancho El Gargaleote

Abr 2nd, 2013 | By admin | Category: Articulos Destacados

Tamuín, S. L. P.- Desde siempre las historias se contaron en secreto…Ahora ya no, los tiempos han cambiado y, aquel, se ha ido…¿a la gloria?¿al infierno?.

Veamos.

-¿Quién es ese señor con quién tanto platicabas?

-Todo un gran bandido!.

-¿Y por qué eres amigo de bandidos?

-Esa es una pregunta que tu abuelo no te puede contestar.

Habría sido un diálogo entre José Vasconcelos y una de sus nietas, mientras regresaban a Tampico después de haber visitado el rancho El Gargaleote, donde los atendió Gonzalo N. Santos, el eterno cacique potosino.

La narración la hace Carlos Loret de Mola en su libro “Los Caciques”, en que detalla las entrevistas que sostuvo con Santos, de quien fue enemigo.

Realizamos una visita a lo que queda del casco de El Gargaleote, ahora propiedad de Gastón Santos Pué, su hijo, estrella de cine y rejoneador en su tiempo.

LEYENDA DEL “MANO NEGRA”

Gente de la época señala que Gonzalo tenía muchos matones a su servicio, pero el preferido era un capitán Ojeda, apodado “El Mano Negra” porque, para cometer los asesinatos, siempre utilizaba un guante de ese color en su mano derecha.

Dice Loret de Mola que, en una ocasión, cuando viajaban hacia Tamuín, cuando Santos vio a orillas de la carretera una cruz le preguntó a su guaraespaldas, para distraer el tiempo.

-¿Qué muertito es ese Capitán, a orillas de la carretera?

-No mi jefe, un accidente cualquiera. Aquí su servidor jamás hace trabajos a menos de 500 metros del asfalto…Estése usted tranquilo.

Santos fue el más terrible de los caciques de México.

Mató a mucha gente, infinidad, seguramente ni cuenta llevaban sus pistoleros.

En el mismo rancho se dice que existió el llamado “Palo Bonito”, en que eran colgados empleados y amigos que trataban de sublevarse.

Sus cuerpos eran tirados en los bosques cercanos de El Gargaleote, que todavía existen como selva virgen, pues la naturaleza le gustaba mucho al cacique.

Loret lo define.

-El político revolucionario más audaz y decidido de su tiempo, el señor de horca y cuchilla del estado y en particular de la huasteca, el topoderoso símbolo mismo de la estructura caciquil mexicana y el único, en 1955, prevaleciente con tanto desenfado y tan anacrónicos métodos…

SUPO DEFENDER SU VIDA

Gonzalo N. Santos fue un tipo astuto, que cuidó su vida con mucha inteligencia.

Fincó su cuartel general en condiciones muy difíciles de llegar.

De Tamuín, como a 15 kilómetros rumbo a Tampico, y de ahí a otros siete, bien pavimentados en su tiempo, hasta llegar al caudaloso río Tampaón, mismo que debería cruzarse en un chalán especial que el señor tenía.

A lo largo de los siete kilómetros había tres casetas de vigilancia atendidas por soldados del Ejército Mexicano.

Si los datos que daba algún visitante en la primera caseta, no coincidían con los que daba al final, era rechazado y tal vez hasta baleado.

Un día, un candidato presidencial que fue invitado a El Gargaleote, le dijo a Gonzalo, sobre los retenes de militares.

-Quite eso de allí Gonzalo… Si lo quiere la gente ¿para qué lo necesita?.

-Me quieren, me quieren, lo quitaré, respondió el cacique.

Pero las aduanas ahí siguieron.

El viejo quería tanto a la huasteca potosina que decía.

-Prefiero una hectárea en la huasteca que todo el altiplano potosino.

LAS COMODIDADES QUE DA EL DINERO

Visitamos el casco del rancho.

Todo está destruido, comenzando con los enormes diablos que permanecían abajo de cada arco sobre la calzada previa a la “casa grande”.

-Eran unos diablos feos, enormes, daban miedo, comenta uno de los asiduos visitantes a El Gargaleote.

Por supuesto que el rancho tenía todas las comodidades que podía dar el dinero.

El mismo viejo tenía un yate que utilizaba para viajar desde Tampico por el río.

Es más, se dice que murió en su yate cuando se hallaba en España, después de que José López Portillo le mandó expropiar 77 mil hectáreas que tenía tan solo en este ranchito.

Entre las comodidades figura una aeropista exclusiva que tenía el General para llegar a su rancho, la cual, pese al tiempo transcurrido, sigue intacta, aunque algo enmontada.

Allí están los hangares, cobertizos para sus aviones, tal y como lo utilizó él.

Era un rancho con toda la mano, como se dice, puesto que, como aficionado a los gallos y a los toros, ahí tenía su plaza exclusiva donde efectuaba sus eventos cada que le daba la gana.

Un viejo de la época señala que, cuando Don Gonzalo (así le llamaba todo mundo) llegaba a los palenques –siempre en compañía de hermosas mujeres-, en ocasiones se colocaba una cartulina en el pecho con un letrero: “Favor de no estar chingando”.

Y lo respetaban ¡claro que le respetaban su decisión! y, cuando ya se quitaba la bendita frase, los meseros y corredores de apuestas se iban sobre él.

Y allí permanecen las caballerizas, tal y como las mandó construir el señor Santos, aunque hoy están desocupadas.

Y están las bodegas y los dormitorios de los empleados y para los invitados especiales. Se asegura que, en no pocas ocasiones, Don Gonzalo mandaba llamar a los miembros del Congreso del estado para que sesionaran aquí. Comían y dormían por varios días, pues en ocasiones el señor tardaba en llegar.

Allí está la alberca que usaba Don Gonzalo, bajo gigantescos árboles. Las instalaciones todas permanecen bajo el bosque, árboles que seguramente son milenarios y que no quiso destruir para fincar su residencia.

Ranchero como era, ahí permanecen los hornos de barro en que le gustaba que le prepararan sus gorditas de maíz, estilo indio, de la sierra de Tancanhuitz, allí donde había nacido.

A todo hay acceso, menos a la llamada “casa grande” que luce con candados, y seguramente ni los mismos vigilantes pueden entrar.

Las versiones indican que, en la lujosa construcción de dos pisos, hay obras de pintura y escultura de mujeres del medio artístico que tuvieron alguna relación sentimental –u ocasional- con el viejo.

La historia es muy larga y solo digamos que la afectación de El Gargaleote ocurrió el 18 de agosto de 1978; el Ejército, a las cinco y media de la mañana, tomó las instalaciones, cuando no había aparecido el decreto correspondiente.

Su hijo, el rejoneador Gastón Santos dijo entonces.

-Al Tigre le entraron por derecho cuando ya estaba viejo y ‘escopeteado’…

Ya estaba enfermo, encamado.

El once de junio de 1999, Gastón rechazó de manos del Presidente Zedillo un premio nacional de ganadería, en un evento efectuado en Chiapas.

Dijo a la prensa:

-Mis tierras pasaron a propiedad, entre otros, de Enrique Cárdenas González, político priísta; Arturo Esper, funcionario del gobierno del estado de San Luís Potosí y de Jesús González Lárraga, padre del actual asesor del gobierno estatal y asimismo, político priísta.

Gastón vive en el rancho La Jarrilla, también en Tamuín, que no fue afectado, y del que se dice consta de 32 mil hectáreas.

Otro rancho afectado a Santos fue El Nacimiento, allí cerquita del hotel Taninul. Pero esas, esas son otras historias.

http://www.janambre.com.mx

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